El indispensable de la semana: verde, ambar, rojo

Un viaje a las profundidades más oscuras de la mente humana, un nuevo encuadre del mundo, el secreto de un temor que nace dentro, dentro y que es capaz de conducirte a la locura. Ali Smith lo sabe, y lo desgrana con la sutileza de un ladrón de guante blanco.

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A principios de año descubrí la editorial Raig Verd por una casualidad en la librería. Así empiezan las grandes historias. Son una editorial joven, no más de un lustro de vida, pequeña, independiente, y apasionada. Esas son las mejores. Raig Verd también es Rayo Verde, su equivalente en castellano, aunque los catálogos no son idénticos. Compré L’accidental, la última novela publicada de Smith (escrita antes de Com ser-ho alhora), y ha resultado ser una grata sorpresa.
A pesar de que la historia puede resultar ciertamente atractiva para un lector joven (tiene muchas características de la novela iniciática), una lectura más detenida advierte que no es una obra baladí, sino que aspira a la categoría más elevada de la literatura. Y lo consigue. Smith es una narradora intachable. El discurso es natural, fluye a la perfección, y crea un mundo verosímil tan real que cuesta creer que la familia Smart no exista de verdad en algún lugar de Londres.
El punto fuerte de la obra es el narrador externo, que va focalizando en cada uno de los personajes y se sumerge en su flujo de pensamiento. De modo que se puede hablar de cuatro narradores distintos, además de unas breves incursiones de un quinto personaje que sirve de vehículo para hablar sobre la historia del cine.
Los temas de la obra son variados en tanto que cada personaje vive un conflicto distinto que en ese momento es el centro de sus preocupaciones. La acción comienza presentando ese estadio previo; Astrid, la hija pequeña, preadolescente, se siente diferente. Sus compañeras la rechazan y se burlan. Está empezando a descubrir las verdades que la convierten en lo que es y debe aprender a gestionarlas. Su obsesión por la fotografía y las grabaciones permite sacar a colación el tema de las nuevas tecnologías, de cómo los llamados millennials, los nativos digitales, viven a través de las mismas de un modo inimaginable medio siglo atrás. También permite hablar del ojo eterno que nos vigila. De las cámaras de seguridad, del registro constante de cada movimiento de cada persona en cualquier lugar público.
Magnus, adolescente, el hijo mayor, se pregunta qué es la inocencia. Qué es eso que acaba de perder y que no sabía que tenía hasta el momento después de haberla perdido para siempre. Una nube de depresión se ha posado sobre su cabeza y parece reticente a moverse. Se ha visto implicado en una broma pesada a una compañera quien, finalmente, se ha suicidado. También asistimos a su despertar sexual, al verano del amor. Una buena excusa para hablar de la objetivación del cuerpo femenino; después del porno todas las mujeres parecen iguales, dice un amigo. ¿De qué manera esta concepción, esta realidad, nos hiere?
Michael Smart, el marido, el que no es padre pero finge ser padre, es tan inteligente que su ingenio le seduce. También es promiscuo y siente una falta profunda de amor romántico, a pesar de que quiere a su mujer. Michael es un lletraferit, un literato, un profesor de universidad que se va inventando poemas y se los autorecita mentalmente. Su mayor preocupación, aunque todavía no lo sabe, es la incipiente crisis de los cuarenta que le espera a la vuelta de la esquina. En cierta manera, se encuentra en un punto similar al de los niños: está en ese momento de inflexión, de cambio, de paso de una edad a otra, y debe aprender a afrontarlo.
Desde un punto parecido, nos adentramos en las preocupaciones de Eve, la madre. Eve tampoco tiene muy claro su camino, después de haber publicado un bestseller se siente obligada a seguir explotando la gallina de los huevos de oro. Durante el verano debería estar escribiendo el próximo de los libros, que la editora le reclama con insistencia. Pero le acosan una serie de preguntas como a dónde se dirige y cuál es su lugar en el mundo.
Entonces los cuatro se van de vacaciones, y la visita accidental y fortuita de Ambre supondrá el giro argumental que revolverá todos sus esquemas. Ambre es el eje de la acción, pues sin este personaje la historia giraría en torno al anodino flujo de pensamiento de una familia más corriente de lo que quiere pensarse, y ninguno de los personajes evolucionaría lo más mínimo.
En el desenlace, un hecho inesperado vuelve a dar un giro de 360 º a la vida de la familia Smart.

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Esta semana tuve la fortuna de asistir a un encuentro con la editora y algunos de los traductores que trabajan para Raig Verd en la librería La impossible. Uno de los temas que se trataron y que considero más relevante es el hecho de que los traductores no son solo una herramienta, sino que también son creadores. Es cierto que no son creadores en los mismos términos que lo es el escritor original, porque no pueden modificar la obra, sino que, al contrario, han de ser fieles a la misma sorteando las barreras idiomáticas. Son prestidigitadores de las lenguas. Se podría decir que, en un símil socrático, son las comadronas de la obra literaria.
El encuentro hizo que me planteara una serie de cuestiones como ¿qué significa el error en la literatura? ¿se puede corregir o es parte de la obra de arte? ¿es el error arte en sí mismo cuando está avalado por la institución? ¿sería lícito corregirlo? y ¿qué pasa cuando esa errata se convierte en un sello de identidad de la obra? En definitiva, ¿cuáles son los límites creativos tanto del traductor como del editor?

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